La comedia de los Horrores (The Comedy of Terrors, 1964)

Por Diego Salgado

Entre lo gótico y el "slasher"

Siendo uno poco dado a mitomanías, complicidades y demás imposturas que arrebatan al fantástico sus cualidades subversivas para transformarlo en liturgia sectaria, no puede sino expresar su desaliento ante el penúltimo largometraje de Jacques Tourneur. Considerado casi unánimemente divertidísimo, inusual; sacrosanto en la estimación de muchos debido a las presencias en su reparto de Vincent Price, Boris Karloff, Peter Lorre, Basil Rathbone y hasta Joe E. Brown, a uno le parece en cambio el monumento más inquietante que recuerda a la decadencia, tanto personal como de un manera de concebir el género.

La comedia de los horrores fue planteada por la AIP en el mismo registro autoparódico —y proteico, los films serios y bufos auspiciados por James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff compartieron sin complejos buena parte de sus equipos técnicos— que ya había caracterizado un año antes a la exitosa El cuervo (1963). Tal condición de spoof ha sido elevada por José María Latorre a rango de «comentario cínico no sólo a la serie de American International Pictures [sobre textos de Edgar Allan Poe] sino también a las reglas, convenciones y mitos del cine de terror clásico». A lo que Carlos Losilla añade, sumándose a la opinión de Manny Farber, que Tourneur logró ser fiel a su estrategia de abordar el género «tangencialmente […] en este caso, en el equívoco filo de la navaja que separa el humor del horror».

Son apreciaciones interesantes, aunque presupongan en el realizador una intencionalidad que dudamos pasase por su cabeza en aquellos compases postreros de su carrera, y a su labor tras la cámara nos remitimos: el acartonamiento, el sincretismo indiferente de la narración es, sin duda, un comentario a la historia, ésta sí cínica, de Richard Matheson en torno a un empresario de pompas fúnebres que ante la falta de clientes pretende acelerar las defunciones de sus vecinos y, más concretamente, de su casero, el Sr. Black (Rathbone); pero un comentario que desvela por parte de Tourneur, más que otra cosa, una total incomprensión del material que se traía entre manos. Existe una tensión insoportable entre lo pintoresco de los personajes (y el histrionismo de sus intérpretes), y la mirada esclerótica del realizador. Así, los recursos de cinco actores cuyas filmografías podrían conformar sumadas una guía aproximada de toda una era del cine norteamericano, quedan en evidencia en su decrepitud contra el fondo de unos decorados cuasigóticos también a punto de delatar su tramoya en cada encuadre. La farsa no es tanto la que Price y compañía creen representar, como la que deriva del intento de seguir explotando, siquiera humorísticamente y con un insoslayable afán crematístico, una concepción revenida del fantástico. Quien crea que Peter Biskind exagera cuando describe la agonía del viejo Hollywood antes de la irrupción de los “Moteros Tranquilos, Toros Salvajes”, que ilustre la lectura de los primeros capítulos de su libro con el visionado de La comedia de los horrores.

La atonía de Tourneur tiene sin embargo una ventaja: la de servir, sin traumas, para cobijar indistintamente en pantalla la putrescencia señalada y la semilla de terrores futuros, que germina con la vuelta a la vida del cataléptico Sr. Black. «What place is THIS?», murmura el resucitado contemplando con intensa curiosidad los escenarios que hasta entonces le eran familiares y ahora semejan restos de un pasado apenas reconocible; y a partir de ese momento la película se precipita por una senda de hachas extraídas de tocones y empleadas posteriormente para derribar puertas, apuñalamientos a través de biombos y otros jalones extemporáneos que llevan la ficción a un terreno anticipatorio del slasher, aun sin conciencia alguna de ello.

Porque nosotros también podríamos ponernos reivindicativos y endosar al cineasta esto que hemos percibido en La comedia de los horrores. Pero supondría inferir de su labor méritos a todas luces inexistentes para intentar salvar la película y, por otra parte, intentando ejercer de buenos samaritanos, es posible que más de un lector sufriese una hemiplejia ante nuestra insinuación de un vaso comunicante entre Jacques Tourneur y, pongamos por caso, Rob Zombie. Dejemos a los dioses reposar en paz