Jacques Tourneur tenía cierta querencia a sorprender en cada película con soluciones formales o narrativas poco utilizadas o inéditas. Desde su etapa junto a Val Lewton hasta la jazzística (muy) pretarantiniana Nightfall, desde los westerns a contracorriente a las aventuras ideológicas de El halcón y la flecha o La mujer pirata. Desde la profunda abstracción en los géneros hasta la impresionante insumisión a los códigos más rancios de cada momento, podríamos decir que Tourneur es un director moderno, un autor que nunca tiene miedo de llegar un poco más lejos siempre y cuando la historia que necesita contar así lo requiera. The Fearmakers es una película, incluso en su modestia, adelantada a su tiempo, un thriller que toca temas que se volverían a tocar más tarde pero sin demasiada continuidad por lo complicado de hacerlo en la capital de este mundo libre.
Tal como hiciera Robert Aldrich en Kiss me, deadly, Tourneur compone una ficción tan amoral que podría ser documental, una pesadilla, con visos de serlo, que empieza en un campo de tortura de la Corea comunista y va a peor, un itinerario lastimoso que recopila los más temibles agujeros de cada sistema para enseñárnoslos por dentro. El héroe que no tenía porque serlo, la vuelta traumática a una casa que ya no es la tuya, el descubrimiento de la muerte de tu compañero (a veces las empresas norteamericanas son menos seguras que las selvas orientales en plena guerra), la cara B de lo que eran nuestras creencias.
Nuestro protagonista, encarnado con esa ciencia exacta de aquella generación por Dana Andrews, antes de alistarse al ejército se dedicaba a hacer sondeos de opinión para empresas publicitarias con el fin de conocer y acertar con los gustos de la población. Cuando regresa su labor ya no es la misma, su empresa ha cambiado de nombre y su compañero ha cedido todos los derechos de la misma justo un día antes de morirse de manera extraña. Ahora no se dedican a suministrar información a agencias de publicidad sino a partidos políticos y no con el fin de conocer y acertar sino de manipular y pervertir esa cosa grandilocuente llamada opinión pública. Los tiempos han cambiado y ya no estamos ante la ley seca o el atraco a un hipódromo, aquí hablamos de algo más gordo que va más allá del noir clásico para acercarse al thriller ideológico de tesis que luego cultivaran con resultados aterradores (para bien) Frankenheimer o Roeg en sus creaciones paranoides pero reales como la vida misma. Tourneur juega con los arquetipos más reconocibles en la creación de los puntos cardinales de la película (el matón cornudo y apaleado, el jefazo sin escrúpulos pero con dudas, la femme que parece fatal pero no lo es, el empleado acomplejado que se deja llevar por el mal para que se le acepte bien) pero lo hace desde la subversión capital del comportamiento que se les presume en los momentos más importantes: el matón no puede matar, el jefazo no puede dirigir, la femme no traiciona al homme y el empleado se deja llevar por el bien aunque acabe mal.
Otro de los puntos en los que Tourneur se adelanta al cine y a la vida es en el tratamiento que los veteranos de guerra comienzan a tener en EEUU. Más cercano a las películas del Vietnam que a Los mejores años de nuestra vida (The best year of our life, William Wyler, 1946), la vuelta a la paz es incluso más convulsa que la propia permanencia en la guerra, generando conflictos que nunca antes se habían observado. El aprovechamiento del estado (todo lo que ha hecho el malo es estrictamente legal) de los bienes de los que se han ido a luchar para medrar en la escala social, enriquecerse o, simplemente, triunfar en los negocios, abre una nueva falla en los intereses reales de la defensa de la patria. El personaje de Dana Andrews no muere en la guerra pero pasa a ser un fantasma que deambula por una vida que ya no le pertenece, por un idioma que ya no habla y por unos años que han seguido transcurriendo mientras él se encallaba en una edad predeterminada. El símil entre la escena inicial donde unos soldados coreanos lo torturaban a golpe y la escena final “pre-happy-end”, donde los golpes se repiten casi de la misma manera, deja muy a las claras que Tourneur siempre tuvo más dudas que certezas sobre la doble moral y la ambigüedad del ser humano.