El Halcón y la flecha (The Flame and the Arrow, 1950)

Por Ramón Monedero

Acróbatas en la Warner Bros.

Siento un particular cariño por la película Jacques Touneur El halcón y la flecha (The Flame and the Arrow; 1950). La película, es uno de esos largometrajes que por alguna razón, meramente emocional, guardo entre los recuerdos de mi infancia, un poco como me sucede con Una noche en la ópera. Películas que vi a muy temprana edad, cuando mi interés por el cine no era más que una anécdota sospechosa que empezaba a mosquear a mis padres. De hecho, como ocurrió con Una noche en la ópera, fueron mis padres los que me animaron a ver El halcón y la flecha. Me la vendieron como una película de aventuras, divertida y ágil en donde su protagonista, casi volaba entre las torretas de los castillos. Mi interés, no tardó en manifestarse.

Si que recuerdo que eran los primeros años de la década de los 80. Steven Spielberg y George Lucas ya estaban haciendo de las suyas, dominaban el entretenimiento de aquellos años y en muchos sentidos, estaban delimitando las formas de diversión de los jóvenes y adolescentes de esa década. Yo, que desde bien pequeño, por suerte o por desgracia, me he criado rodeado de jedis, arqueólogos aventureros, regresos al futuro y goonies en busca de tesoros perdidos, me sentí tremendamente atraído por El halcón y la flecha de una forma muy similar a como me había seducido, también a una edad muy temprana, la no menos extraordinaria Las aventuras de Robin Hood (The Adventures of Robin Hood; Michael Curtiz y William Keighley, 1938). Hoy, una par de décadas después de aquello, me llama poderosamente la atención como, a un chaval de poco más de diez años, le pudo seducir un film de los años 50 lo que pensándolo un poco, me ha venido a confirmar una cosa y es, lo que en el fondo siempre han reivindicado Lucas y Spielberg (aunque no siempre lo hayan cumplido), que su cine, al fin y al cabo, lo único que perseguía era repetir aquellos éxitos de aventuras clásicas, héroes valientes y honestos y villanos de postín. Entiendo que la conexión entre éste y aquel cine está cogida con hilos, pero también entiendo que a un crío de diez años no se le puede engañar.

Sin embargo, ahora, cuando pienso en el cine de aventuras la verdad es que me quedo bastante desencantado. No por las grandes obras maestras que nos ha dado el cine, sino por el estado de salud actual del género. Yo rescataría como la última gran película de aventuras de los últimos años, el film de Peter Weir Master & Commander, entre otras razones porque conserva dos cuestiones, a mi modo de ver, fundamentales en el cine de aventuras; el aire libre y la confrontación de dos formas distintas con las que relacionarse con ese aire libre, con la naturaleza. Y esto es El halcón y la flecha.

Con un punto de partida muy similar al de la película de Michael Curtiz, el film de Jacques Tourneur nos propone a un bribón y un pelín bocazas, Dardo (Burt Lancaster) que debe enfrentarse a un señor de la burguesía conocido como El halcón (Frank Allenby). Uno, Dardo, es un hombre que se rige por la ley de las montañas. No le debe pleitesía a nadie y a juzgar por como se comporta con las mozas del pueblo, todo hace sospechar que debe de tener un amor en cada rincón poblado de la sierra. El halcón por su parte, es un hombre austero, refinado, de exquisitos modales, aunque de escasa humanidad y nula relación con la naturaleza. El halcón se sirve de la naturaleza para su disfrute, no hay relación, no hay simbiosis, todo lo contrario que Dardo, que convive y se complementa con la madre Tierra. Como punto de inflexión entre ambos, tenemos al hijo de Dardo, Rudi (Gordon Gerbert), un niño enseñado a imagen y semejanza de su padre, un chaval que se ha aprendido de memoria la ley de la montaña y que cada día que pasa, mejora su habilidad a la hora de utilizar el arco. Igual que su padre.

El asunto se tuerce cuando, de forma osada y poco práctica, Dardo mata de un flechazo al halcón del señor burgués. Una persecución por los tejados del pueblo terminan con el secuestro de Rudi. Dato curioso, Dardo, la primera vez que entra en acción en el film, es herido. El relato por tanto se articular en torno al rescate de Rudi mientras éste, está siendo instruido en las exquisiteces del buen gusto y las buenas maneras que en el film son ciertamente ridiculizadas por Tourneur y su guionista Waldo Salt, un hombre que tuvo que lidiar con no pocos inconvenientes al ser sospechoso (y con razón) de sus ideas de izquierdas en plena Caza de Brujas.

El halcón y la flecha es también una notable película de aventuras por su consciente y agradecido sentido de la diversión. Sin flirtear con la parodia ni la caricatura (un recurso muy habitual hoy día cuando hablamos de películas de género con un notable sentido del humor), El halcón y la flecha es un largometraje que derrocha alegría y diversión. Si nos fijamos un poco en los personajes, aún cuando están luchando, tienen esbozadas en sus rostros una amplia sonrisa, no en vano, el final de la película vendrá dado con una compañía de circo entre la cual, se cuelan Dardo y Piccolo (Nick Cravat). Y no por casualidad, tanto Lancaster como Cravat eran viejos amigos de sus tiempos en el mundo del circo, aun universo al que ambos, le rinden pleitesía en esta película.

Con esta cuestión, entroncamos con el que quizá, sea el quid de la película, su naturaleza de producción de Hollywood financiada por la Warner Bros, que poco margen dejaba a un autor del calibre de Jacques Tourneur. Ha sido, y continua siendo, el eterno dilema entre los que nos gusta esto de escudriñar películas y directores. Cuando un cineasta de demostrada personalidad realiza una película bajo la presión de unos grandes estudios, estos ejercicios de búsqueda y detección de aquellos elementos propios del autor, suelen ser juegos a veces agotadores, otras deslumbrantes pero siempre, un poco decepcionantes. Tourneur tuvo que lidiar con El halcón y la flecha con muchas cuestiones que le eran ajenas (con las piruetas de Lancaster y Cravat a la cabeza) pero pese a todo, el director de La mujer pantera supo como dejar cierta impronta personal. Humanizó al héroe (Dardo no sólo es herido nada más arranca el film sino que además, admite su inferioridad a la hora de luchar con espadas), le dio un amigo y sobre todo un hijo por el que sufrir. Duda y comete errores, como cuando envía a Piccolo a entregarle un mensaje a El halcón. Se trata en suma, de un ser humano.

El crítico de cine Andrew Serring definió la obra de Touneur, como el triunfo de lo bello sobre la fuerza, y piruetas incluidas, eso también es El halcón y la flecha. Y no ya por el preciosismo de su fotografía en Technicolor obra del excelso Ernest Haller, sino porque la belleza de las situaciones, quizá también, lo premeditadamente artificial de sus decorados, de sus situaciones y también, claro, de sus piruetas que le inyectan al conjunto un recogido y laborioso trabajo de puesta en escena, de cuidado esteticismo, nunca barroco, que consigue que de El halcón y la flecha broten colores (atención al uso del rojo) y en general situaciones donde los elementos, sus colores y su uso, quedan retenidos en la memoria del espectador.

Como buena película de estudio que es El halcón y la flecha los buenos resultados son una cuestión de trabajo en equipo. Pero Jacques Tourneur, no podía irse de un film sin dejar caer algún apunte salido de su personal cosecha. Yo me quedo con uno en concreto. Muy sencillo, pero también muy eficaz y que además, evoca los tiempos de Tourneur con Val Lewton en la RKO. Cuando Dardo se enfrenta al marques Alessandro de Gannzia (Robert Douglas) a una lucha de espadas. Dardo sabe que tiene las de perder con una espada en la mano, de modo que opta por derribar la lámpara y apagar la luz, cierra la puerta y todo queda a oscuras. No hay inquietud aquí, no era el momento, pero si un fabuloso uso del espacio entre penumbras, un finísimo uso de las sombras y la escasa luz y un ejemplo más de que Jacques Tourneur fue un formidable cineasta del que aún, quedan muchas cosas por decir.