Timbuktu (1959)

Por José María Latorre

Insurrección en Sudán

Menos conocida que las otras películas de aventuras rodadas por Jacques Tourneur, Timbuktu se desarrolla en el África Occidental francesa el mismo año —1940— en que los nazis están a punto de entrar en París. Este dato, aunque en principio no parece afectar a lo sustancial de la trama, ayuda a entender mejor la conducta de uno de los tres personajes centrales: el coronel Charles Dufort (George Dolenz). Dufort llega a Sudán con el objetivo de hacerse cargo del mando de la guarnición de Timbuktu, pero no hace solo el viaje: le acompañan su esposa, Natalie (Yvonne de Carlo), y su obsesión por el creciente avance de las tropas nazis por territorio francés. Enseguida se advierte que algo no funciona en la pareja: las miradas y los gestos de Natalie —en especial ante una foto que fue tomada poco después de su boda— ponen en evidencia que se siente relegada en el amor de su marido; sin embargo, en el comportamiento de Charles Dufort no hay frialdad afectiva sino un reflejo de su dolor ante la invasión nazi y la muerte de muchos compatriotas; él mismo declarará antes del final, como queriendo justificarse: «creía que la guerra no era momento para el amor». ¿Qué significa todo eso? Sencillamente, que, sea por casualidad o no, Timbuktu comparte con las otras incursiones de Tourneur por la aventura —desde Tite Flame and the Arrow a Appointment in Honduras— el hecho de que la sexualidad pone en marcha el motor de la ficción: en este caso, a través de una mujer que piensa que su marido ya no la ama a causa del ejército y de un hombre al que la obsesión y el dolor le impiden manifestar con libertad el amor que siente por su esposa. El drama se complementa con la aparición de un aventurero, Conway (Victor Mature), que, como es previsible, se gana fácilmente el amor de Natalie, y —no hay que olvidar que es un film de aventuras— con la amenaza de  una insurrección a la que hacen frente,  mano a mano, el marido y el aventurero y que se salda inevitablemente con la muerte de aquél (de ese modo se soluciona también el triángulo amoroso), El tema de la insurrección está presentado con doble fondo: con objeto de empujar con más facilidad a la población a las armas, el cabecilla de los insurrectos, el emir Ibn Bakhai (John Dehner) quiere acallar la voz de una especie de santón a lo Gandhi que predica la no-violencia, con lo cual la idea de la rebelión aparece tanto bajo la perspectiva de la resistencia pacífica como desde la opción de la lucha armada. Hay más: Dufort llega a asumir la situación que se vive en Sudán como si se tratara de una sustituta de la lucha que los franceses están librando en su país contra los nazis (aunque sin darse cuenta de que él mismo es un alto representante de la colonización de África, pero este apunte carece de desarrollo). No está nada mal para un film de noventa minutos; lo que sucede es que Timbuktu carece de ambiciones o, dicho de otra forma, que sus intereses, como siempre en Tourneur, tienen más que ver con los matices que con los temas, antes con los detalles —algunos excelentes, como el esbirro de Bakhai que baja deslizándose por el palo de la tienda de campaña para desarmar a Conway, y otros no tanto, como las sonrisas con que los guardianes del palacio del emir Bakhai saludan la aparente entrega amorosa de Natalie a Conway— que con la totalidad. A Timbuktu le sobran planos —las innecesarias transparencias que acompañan a las cabalgadas por el desierto— y música, y debe ser vista y entendida en función de los esbozos, de las sugerencias que asoman, como fantasmales palpitaciones de lo que pudo haber sido, entre la oscuridad de los callejones de cartón-piedra y la fría geometría de los decorados.

© Publicado originalmente en en Dirigido por nº 281, agosto 1999.