«¿Cuál es el sitio que piensa ocupar en la historia del cine? Ninguno... Soy un realizador muy mediano, he hecho mi trabajo lo mejor posible, con todas mis limitaciones». [1]
En un tiempo en donde cualquier realizador con apenas un par de películas —en ocasiones de calidades muy discutibles—, se ponen de moda, son entrevistados en todas partes o se les dedican generosamente libros —basados generalmente en su posible comercialidad entre la joven cinefilia—, nunca es tarde para evocar a los grandes del cine clásico de Hollywood.
Sin embargo, al citar el nombre de Jacques Tourneur nos tenemos que referir a un director de culto, un artista de paladares selectos, un cineasta excepcional —en mi opinión personal el más grande que ha dado el cine—, que nunca disfrutó de un especial reconocimiento en el engranaje de Hollywood. Hijo del respetado cineasta francés Maurice Tourneur —típico ejemplo de autor que figura en todas las enciclopedias pero cuya obra no ha podido ver casi nadie—, nuestro protagonista desarrollará su trayectoria dentro del engranaje del cine de géneros, a todas cuyas variantes ofrecerá varios de sus títulos más significativos. En Tourneur encontramos uno de los ejemplos más claros de verdadero autor, de cineasta personal, de autentico creador de formas visuales, de sobrellevar unos contenidos temáticos coherentes y, al mismo tiempo, saber adaptarse a las distintos géneros que brindaba el cine americano en las décadas de los años 40, 50 y parte de los 60. Es decir, en la época dorada de Hollywood.
A la hora de elegir mis directores predilectos, siempre he combinado autores con una visión optimista de la vida, junto a otros que parecían erigirse como auténticos cronistas o poetas del escepticismo, del fatalismo, del lado oscuro del ser humano. Siempre al apostar por esta vertiente surgen dos nombres: Fritz Lang y Jacques Tourneur [2]. Es más, creo que donde acaba el fatalismo y la sordidez de Lang, empieza el reino de las sombras, de la ambivalencia, de otra realidad soterrada que generalmente escapa a la vida diaria; es el mundo del maestro que siempre será Tourneur. El cineasta que recorrió todos los estudios, que nunca recibió un premio —ni falta que le hizo—, pero que en su modestia, en su sencillez, en su cultura europea —como en tantos otros cineastas que emigraron a América—, ofreció sombras de la vida y del ser, tragedia, creencia en lo sobrenatural, la inseguridad en suma de una existencia, de ese otro decorado poblado de miedos y dudas que supo expresar como nadie a través de la imagen.
La obra de Tourneur comenzó a ser valorada una vez su carrera concluyó, y siempre a partir de determinados sectores de la crítica francesa. A partir de ese momento y siempre desde sectores selectivos la trayectoria de nuestro protagonista comenzó a ser reivindicada. En España, no se puede olvidar el dossier-aproximación que en su número 176 le dedicó la revista “Film Ideal”. Sin embargo, el verdadero reconocimiento de su aportación lo ofrece la revista “Dirigido por...”, que con verdadero seguimiento ha venido evocando la obra de Tourneur [3]. Junto a ello, en 1988 el Festival de Cine de San Sebastián le dedicó una retrospectiva, complementada con la edición de una magnífica publicación monográfica.
Poco a poco, con el paso de los años y envuelto en la fascinación, el cine de Jacques Tourneur atrae a nuevas generaciones de cinéfilos. A personas que de antemano añoran una forma de entender el cine bastante alejada de los modos actuales [4]. Espero que las líneas que suceden sirvan como modesto homenaje a un cine telúrico, sugerente, tan difícil de describir como presto a ser saboreado. Un cine de sombras, de dudas, de oscuridad y de presagios. Esa fue la obra del gran cineasta Jacques Tourneur.
Jacques Tourneur nace en París el 12 de noviembre de 1904. Con 10 años se traslada a Estados Unidos donde comienza a introducirse en el mundo del naciente Hollywood, ejerciendo diversos oficios secundarios relacionados con este entorno. En aquella época llega a ejercer como sexto ayudante de dirección del Ben-Hur (1925) de Fred Niblo, e incluso llega a aparecer como actor en Ana Karenina (1927) de Edmund Goulding. Con la llegada del sonoro Tourneur regresa a Francia, donde ejerce como montador en los films realizados aquellos años por su padre entre 1930 y 1933. Según declaraciones del propio realizador, este aprendizaje en el montaje supuso una gran ventaja cara a su posterior y conocida tendencia a la síntesis y la elipsis desarrollada en sus películas.
Tourneur debuta como director en Francia, realizando entre 1931 y 1934 cuatro largometrajes de los cuales su propio artífice no tenía un especial recuerdo. Será precisamente en 1934 cuando nuestro cineasta regrese a Estados Unidos, donde comenzará a trabajar en la Metro. Hasta su célebre incorporación a la RKO, su trayectoria se define en unas pocas películas —They All Come Out. (1939), Nick Carter, Master Detective. (1939) y Phantom Raiders. (1940), los dos últimos con indudable aire de serial, relatando aventuras y andanzas del detective Nick Carter— De todos modos, los elementos más importantes de este periodo americano inicial —poco conocido y posiblemente de no especial interés—, se centran en la colaboración de Tourneur en el rodaje de las famosas escenas de la toma de la Bastilla en el film Historia de dos ciudades (A Tale of Two Cities. Jack Conway, 1935). Las sugerencias e invenciones de nuestro cineasta —planificó las escenas de tal forma que el número de extras parecía multiplicarse— mereció por parte de David O. Selznick estar considerado en los títulos de crédito como director de escenas de segunda unidad. Este film le permitió igualmente conocer un hombre importante en su trayectoria, y del cual hablaremos a continuación: Val Lewton.
También en estos años Tourneur consigue un gran elemento de aprendizaje en la realización de un buen número de cortos. Películas que eran proyectadas como complementos en los programas dobles y en donde nuestro cineasta, además de ratificar su destreza en la economía narrativa, empezó a aplicar varios de los elementos temáticos de su obra posterior: el misterio, la ambivalencia, mezclados con otros más habituales en aquel periodo: biografías o hechos históricos.
A partir de este preámbulo comienza realmente la importante trayectoria cinematográfica de Jacques Tourneur, un hombre que en los últimos años de su vida regresó a su Francia natal, que intentó infructuosamente realizar algunas obras —generalmente de corte fantástico [5], y que pudo contemplar como su obra era descubierta y reconocida, para su perplejidad, por jóvenes generaciones de cinéfilos, antes de fallecer en Bergerac el 17 de diciembre de 1977.
Al evocar la aportación cinematográfica de un cineasta de la talla de Jacques Tourneur, ciertamente su busca un inicio claro, concreto y explícito: el rodaje de La mujer pantera (Cat People) en 1942. La primera de las colaboraciones del director con el productor Val Lewton, sin duda uno de los tándems más célebres y admirables generados jamás por el cine americano [6]. Esta fue la primera de las colaboraciones mantenidas por ambas personalidades, que fructificaron en las que quizá sean las trés obras más importantes del cine fantástico en la década de los cuarenta. Dos de ellas —la ya citada La mujer pantera e I Walked with a Zombie (1943)— están totalmente reconocidas como tales. Sin embargo, dicho reconocimiento está vedado a The Leopard Man, (1943) cuando su nivel es similar a los otros dos títulos, y de alguna manera propone una variación del fantástico hacia el relato de misterio pasado por el tamiz tourneriano.
La unión Val Lewton / Jacques Tourneur marca igualmente la integración e incluso posteriores debuts cinematográficos de nombres como los de Robert Wise [7] o Mark Robson, que en estos títulos ejercieron como técnicos. Nombres que extenderán la apuesta de Lewton por el cine fantástico americano de la época hacia una serie de títulos que gozan de especial estima entre los aficionados y ninguno de ellos carente de calidad [8]. Todo ello ha motivado que numerosos críticos quisieran despejar cual de las dos personalidades unidas en este tandem era realmente “autor” de las películas antes mencionadas. Indudablemente llevan el sello complementario de ambos talentos. Sin embargo, no hay más que comprobar la trayectoria posterior de Tourneur para intentar apostar que el personal estilo aplicado en sus tres obras fantásticas con Lewton sólo tuvo su adecuada prolongación en los films realizados por nuestro cineasta.
Intentando evocar estas tres películas, creo que podríamos englobarlas en una triple manera de expresar un mundo de leyendas planteadas como posible verdad, como visión entre nieblas, como una sugerencia a veces casi evidente y en ocasiones fruto de una sombra acrecentada por la imaginación. La mujer pantera ofrece una propuesta en ambiente contemporáneo —las más difíciles de plasmar, según su artífice— basada en la evocación de leyendas ancestrales; I Walked with a Zombie marca, por el contrario, un entorno terriblemente sugerente —las Antillas— para consolidar una poética fantástica basada en atavismos del pasado. Por el contrario, The Leopard Man combina ambas posibilidades —lo contemporáneo y el peso de la leyenda—, tamizándolo con una ambientación rural y un fondo de misterio y explicación racional. Sinceramente, creo que los vértices de este triángulo de oro del cine fantástico norteamericano tendrán su rotunda fusión y continuidad años después con una de las cumbres del autor, la magistral La noche del demonio (Night of the Demon, 1957). Quizá de entre el altísimo nivel de ambas obras pueda destacarse la extraordinaria capacidad de fascinación de I Walked with a Zombie, fruto de las mayores posibilidades que sin duda ofrecía su entorno argumental. Señalar por último y a título anecdótico, que La mujer pantera estrenada el mismo año que Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1942. Orson Welles) —presentada igualmente por la R.K.O.—, logró un considerable éxito comercial, superando la recaudación lograda por el célebre debut de Welles.
A la hora de intentar descifrar un cine indescifrable como es el legado por Jacques Tourneur, hay que detenerse en su propia entraña; la imagen. Antes que grandes alardes o virtuosismos con la cámara o estudiadas angulaciones —a los que no dejó de acudir cuando consideró necesario—, su cine propone la fascinación por la imagen. Ofrece una ventana para que el espectador explore y sepa detectar su propia película. La obra del gran director francés es deudora de lo telúrico, siempre ofrece algo más; un detalle escondido, una pequeña sombra que se vislumbra en un segundo o tercer plano, la luz de alguna lámpara que se sitúa de forma aparentemente casual, algún leve movimiento que en su contemplación detalla un elemento importante para poder comprender la acción en toda su plenitud... Para poder llevar esa premisa como principal elemento de estilo, nuestro homenajeado recurre a dos rasgos primordiales. Uno de ellos es la concisión en la puesta en escena. Pocas de sus obras sobrepasan los noventa minutos de duración. Su aprendizaje como montador y realizador de cortometrajes le habían proporcionado esa facilidad para exponer únicamente los elementos necesarios para la comprensión de los espectadores. Indudablemente, el paso de Tourneur por el entorno de la serie B facilitó la práctica aplicación de unos postulados que acompañaron toda su obra posterior.
Sin embargo, la “piedra filosofal” del cine de Jacques Tourneur es, sin duda alguna, su maestría a la hora de componer la imagen trabajando la luz en total compenetración con los distintos directores de fotografía que le acompañaron en todas sus películas. Esa compenetración permitió que su cine ofreciera una extraordinaria dimensionalidad, una marca de fábrica única e indivisible que incluso permitió unificar la aportación brindada por fotógrafos de aparentemente divergentes características. ¿Podía haber ejercido Tourneur como el propio iluminador de su obra cinematográfica? La respuesta está clara: sí. Pero no le hizo falta ejercer como tal, ya que de hecho así lo pudo demostrar, aplicando su sutil y personal estilo y logrando transmitirlo a sus diferentes operadores.
De tal forma, en el cómputo general de su obra queda un tratamiento de la imagen exquisito, homogéneo y sugerente, brindado por directores de fotografía de la talla de Nicholas Musuraca —Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), La mujer pantera—, Ted Scaife —La noche del demonio—, Lucien Ballard —Berlín Express (1948)—, J.Roy Hunt —I Walked with a Zombie—, Oswald Morris —Circle of Danger (1951)—, Burnett Guffey —Nightfall (1957)—. Como se puede comprobar, una extensa nómina que aglutina a varios de los mejores operadores de la historia del cine. Y esto sólo al referirnos a las imágenes en blanco y negro, puesto que al referirnos al cine en color el presente enunciado no hace más que ratificar su talla como maestro de la imagen.
En este sentido no podemos omitir el extraordinario cromatismo ofrecido por Ernest Haller —El halcón y la flecha (The Flame and the Arrow, 1950)—, Harry Jackson —La mujer pirata (Anne of the Indies, 1950), Martín el Gaucho (Way of a Gaucho, 1952)—, Joseph Biroc —Cita en Honduras (Appointment in Honduras, 1953)—, William Sayder —Una pistola al amanecer (Great Day in the Morning, 1956)—, Mario Bava —La batalla de Maratón (La Battaglia di Maratona, 1959)— o Floyd Crosby —La Comedia de los Terrores (The Comedy of Terrors, 1964)—. En el cine de Jacques Tourneur la imagen es la expresión de un arte. Sólo de esta manera podemos disfrutar de momentos tan intensos como las secuencias desarrolladas en la playa o junto al lago en Retorno al Pasado, el final de Jean Peters envuelta en su barco entre fuego y humo de cañones —en La Mujer Pirata—, la secuencia desarrollada junto a los monumentos megalíticos —en La Noche del Demonio— o la procesión espectral que, en la conclusión de The Leopard Man, acaba por contradecir el aparentemente racional y tranquilizador final del film. Momentos entresacados de una galería extensa e irrepetible, a la que cada espectador podrá sumar sin duda numerosos ejemplos. Tal es el poder de evocación, de sugerencia, de densidad a la hora de ofrecer la más sencilla imagen, que se transmite de forma extraordinariamente homogénea en una trayectoria irregular, pero de un nivel general francamente brillante y con numerosas cumbres en los distintos géneros en donde aplicó su personalísimo estilo.
Esta concisión, esta fascinante sobriedad únicamente matizada por su desbordante tratamiento de la luz y el color, tuvo su aplicación en otro importante terreno cinematográfico: el interpretativo. Jacques Tourneur gustaba de interpretaciones sobrias, de presencias ambiguas y sugerentes antes que grandes recitales interpretativos. Sus actores se basan primordialmente en la mirada, son presencias turbadoras, con aspectos de su personalidad escondidos. Es nuevamente la creación de la imagen, de las fuentes de luz, de la iluminación de sus presencias, las que marca una dramaturgia de la interpretación de verdadera efectividad. Es así como el director tendió a elegir —y admirar— actores caracterizados por encontrarse en unas coordenadas que definen buena parte de la mejor escuela interpretativa clásica de Hollywood. Nombres como los de Dana Andrews —Tierra generosa (Canyon Passage, 1946), The Fearmakers (1958), La noche del demonio—, Robert Mitchum —Retorno al pasado—, Ray Milland —Circle of Danger—, Joel McCrea —Wichita (1955), Stars in My Crown (1950)—, Robert Stack —Una pistola al amanecer—, Paul Lukas —Berlín Express, Noche en el Alma (Experiment Periloux, 1944)— o Vincent Price —La comedia de los horrores, La ciudad sumergida (The City Under the Sea, 1965)—. Entre las actrices, destacan dos retratos inolvidables: Simone Simon —La mujer pantera— y Jane Greer —Retorno al pasado—.
No siempre el cine de Tourneur contó con buenos actores. La ocasional limitación de recursos que barajó en ocasiones provocó a veces la concurrencia de malos intérpretes como Victor Mature o Steve Reeves [9]. Sin embargo, también su obra permitió conceder los primeros pasos a profesionales que posteriormente se consolidaron como grandes actores. Es el caso de Gregory Peck, que debutó precisamente en una película de Tourneur —Days of Glory (1944) [10]—, o la también casi debutante Anne Bancroft, que ya en 1957 coprotagonizó, junto a Aldo Ray, Nightfall.
Como un ejemplo más dentro de los más característicos y prestigiosos cineastas de Hollywood, el repaso a la obra de Jacques Tourneur permite abarcar un recorrido por los diferentes entornos que formaron el lamentablemente perdido cine de géneros. Con la practica excepción de la comedia —a la que por otra parte abordó con brillantez en La Comedia de los Terrores— y el musical, las películas de nuestro protagonistas se pasearon por el fantástico, el melodrama, el western, el cine de aventuras, el “peplum”, el cine policiaco, negro y de misterio e incluso llegó a abordar una peculiar fórmula de película bélica.
El propio director afirmó en repetidas ocasiones que tan sólo rechazó un guión —el que posteriormente plasmó Anthony Mann en esa magnífica película que es La Puerta del Diablo (Devil’s Doorway, 1950)—, y siempre se le daban los repartos impuestos —cuestión de la que se lamentó más de una vez—. En toda su obra sólo una vez se encargó de la realización de un film cuya historia le atrajo desde el primer momento. Se trata de Stars in My Crown, un melodrama de ambiente sureño protagonizado por el entonces actor infantil Dean Stockwell y Joel McCrea y que en su momento tan sólo sirvió para que descendiera su caché como director, ya que para poder dar vida a este film llegó a rebajar notablemente su salario, aprovechándose los estudios para los que fue contratado con posterioridad.
Un detalle más antes de realizar un pequeño repaso a su aportación por distintos géneros del cine clásico; el equiparar el cine de Tourneur al entorno de la serie B no deja de ser una verdad a medias. Eso es algo que siempre procuraba matizar. Ahí tenemos los ejemplos de los fabulosos decorados —tan bien aprovechados, por cierto—, que se ejecutaron para la excelente Noche en el Alma, o los seis meses de filmación por Argentina que, bajo encargo de la poderosa Fox, se ejecutaron para su posterior aprovechamiento en la brillante película que es Martín, el gaucho [11]. Ciertamente, el talento de Jacques Tourneur se ceñía a todos los estudios, todos los presupuestos e incluso las más terribles limitaciones. Y es que cualquier forma de arte tan sólo necesita el soporte más simple para poder plasmarse.
Es sin duda alguna su aportación más reconocida, a partir de cuyas características se definió un estilo cinematográfico que se extendió a otros géneros. Ese gusto por el fatalismo, por la sugerencia, por el peso de lo atávico, por el uso de la luz y las sombras, tiene su eje en el ya comentado tríptico formado por las sensacionales La mujer pantera, I Walked with a Zombie y The Leopard Man. Lo que sorprende un poco es que dada la fascinación que lo sobrenatural ejerció sobre Tourneur —era un creyente absoluto en la existencia de mundos paralelos—, tuviera que esperar hasta finales de los cincuenta para realizar en Inglaterra su retorno en el género. La verdad es que la espera mereció la pena; La noche del demonio es una de las más atrevidas propuestas que el género ha planteado en su historia, quizá la mejor obra del cine fantástico en una década fundamental para la evolución del género [12] y una de las obras cumbres de su trayectoria —honor que compartiría con Retorno al pasado—. No es preciso incidir en la queja del propio autor sobre la impuesta aparición de la encarnación del demonio que aparecía dos veces en el film —a mí me sigue resultando realmente inquietante—, o la pelea que Dana Andrews tiene con un tigre evidentemente disecado. Todas las obras maestras, para serlo, tienen que tener su pequeña dosis de debilidad. Y esa es la que ofrece una obra que es la quintaesencia del estilo sugerente, ambiguo y desasosegador de su autor. Una obra por la que se pasea un científico racional —admirable Dana Andrews—, que en pocas horas se tiene que rendir a la evidencia de un mundo ante el cual lo mejor que puede suceder es que se mantenga oculto. Una aseveración certeramente definida en el plano final de un film en donde se combina la brujería, el espiritismo la credulidad y el miedo a lo desconocido, así como un detalle muy querido al maestro, el terror sugerido bajo la aparente inocencia —el satanista que divierte y maravilla a los niños disfrazado de payaso—.
Pocos años después —en 1963— Tourneur es contratado por la American Internacional, entonces en pleno apogeo con su ciclo de —las a mi juicio espléndidas— adaptaciones de Edgar Allan Poe firmadas por Roger Corman. Y el mismo año que Corman realiza su divertida pero anacrónicamente burlesca El Cuervo (The Raven, 1963), nuestro homenajeado da vida a la que quizá sea la más brillante y personal sátira que sobre el género jamás se ha filmado: La comedia de los horrores. A nivel personal desde que en aquellos célebres “Monsters del Cine” contemplé una foto promocional de este film, durante muchos años añoré poder visionar una película que siempre estimé tendría un gran interés y que gozaba del mayor reaparto de toda la historia del género: mi admirado Vincent Price, Peter Lorre, Boris Karloff y Basil Rathbone, así como con un guionista de excepción: Richard Matheson. Aquel deseo lo pude cumplir cuando en 1983 se estrenó finalmente en España esta singular adaptación de la “Comedia de los Errores” de Shakespeare. Un estreno que, salvo honrosas excepciones, no suscitó excesivo interés, reiterando de alguna manera el fracaso con que en su momento se saldó el producido dos décadas atrás en Estados Unidos. No olvidemos que las producciones de la American International se dirigían generalmente al público adolescente. Un sector que en poco podía divertirse con las sutilezas propuestas por el tándem Tourneur / Matheson, que ofrecían una ingeniosa revisitación de todos los “tics” que definían la producción terrorífica ejecutada por esta productora. Las desventuras de los propietarios de una funeraria que tenían que conseguir su propia clientela, utilizando además durante años el mismo ataúd, y su encuentro con un viejo que se resiste a morir asesinado proponía una singular variación de perspectivas sobre el cine fantástico en que el film está englobado. Es este uno de los rasgos de la aportación literaria y como guionista del novelista Richard Matheson —tenemos los ejemplos de la magistral El Increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957. Jack Arnold) o incluso la reciente El último escalón (Stir of Echoes, 1999. David Koepp)—, que tuvo en la sutileza de Tourneur su mejor aliado.
Su última aportación al género, que es también su poco representativa conclusión como director, lo supuso otra producción de la American International: La ciudad sumergida, basada en unos poemas de Poe. Una película que pienso que no es merecedora de tan poco reconocimiento, aunque ciertamente se encuentre entre sus obras menos distinguidas. Quizá su indefinición genérica —basculando con poca garra entre el fantástico y el cine de aventuras a lo Julio Verne— y la excesiva frialdad de su desarrollo, impiden que las propuestas de Tourneur —mostrar un entorno subterráneo que varia de luminosidad a lo largo del día—, puedan ser desarrolladas con el suficiente interés.
Sin duda alguna, la aplicación de los rasgos de estilo iniciados por Tourneur en su vinculación con Val Lewton le permitieron una impronta desasosegadora, sutil y personalísima en su paso por el cine negro, la derivación del policiaco y su paseo por un terreno muy cercano a sus inclinaciones temáticas: el misterio.
Y su debut dentro de esta vertiente, ciertamente está inscrito con letras de oro en los anales del género [13]. Retorno al pasado propone la cima de la estilización visual dentro del cine negro americano, ofrece un entorno trágico, condenado desde el principio a la destrucción colectiva y supone, también a mi juicio, la cumbre de uno de los géneros que mejor definió a la sociedad americana de la primera mitad de este siglo. Hablar de Retorno al pasado supone evocar sombras amenazadoras, un recorrido laberíntico sobre personajes y situaciones que nunca revelan una verdad que por su trágica conclusión se niega a ser revelada y al mismo tiempo sabemos que su devenir será inevitable. Repleta de momentos memorables, dotada de una exquisitez visual que la emparenta con un venenoso romanticismo, en esta hermosa película encontraremos una de las cumbres de su autor, que es lo mismo que señalar uno de los hitos del séptimo arte.
Poco después Tourneur prosigue su labor en la R.K.O. al realizar Berlín Express, otra muestra de su turbadora impronta desasosegadora envuelta bajo el ropaje del film de espías. Pese a su encontrarse entre las cumbres de su cine el film es de alto nivel y en él podemos encontrar desde el primer momento una personalísima utilización de los exteriores de un Berlín en ruinas. De forma comparable al Rossellini de Germania anno zero (1948), aunque tamizado con esa inclinación de Tourneur a lo sombrío, nunca las ruinas de Berlín han ofrecido en el cine ese aspecto tan amenazador. Junto a ello se desarrolla la historia del secuestro de un científico destacando secuencias excelentes, como el asesinato del “clown” dentro de un cabaret —un elemento que recuperará en La noche del demonio— o el tiroteo dentro de una bodega. Una vez más, un falsamente tranquilizador final cierra una obra estupenda.
Dentro del cine de misterio, en 1944 realizó —dentro de su periodo con la R.K.O.— Noche en el alma, que supone su inicio por las producciones de alto presupuesto. Me encuentro entre quienes la consideran una de sus grandes películas [14] y pienso que sobrelleva el sambenito de obra menor, cuando en sus fotogramas se encuentra la quintaesencia de su cine. Retomando una historia del estilo de Luz que agoniza (Gaslight, 1944), Noche en el alma es una de las demostraciones más palpables de la maestría de la puesta en escena de Tourneur. En pocas ocasiones hemos encontrado un inicio tan arrebatador como el que ofrece esta película —la tormenta y el tren—, una utilización del elemento climático a lo largo de todo el metraje y nos hemos embriagado de una atmósfera tan opresiva, asfixiante y decadente como la que se desarrolla dentro de esta mansión en la que un extraordinario Paul Lukas quiere volver loca a Hedy Lamarr. Dotada de una candencia cercana al cine de Max Ophuls, la amenazante musicalidad de esta película la merece ser acreedora como uno de sus grandes títulos.
Con la llegada de la década de los cincuenta, Tourneur viaja a Gran Bretaña para rodar Circle of Danger —protagonizada por Ray Milland— y que pese a sus estimulantes referencias no he podido ver. Ya en 1956 retornará al thriller para dar vida la novela de David Goodis “The Dark Chase” al realizar Nightfall para la Columbia. Confieso que se trata de una de las películas que más me apetece ver, ya que su condición genérica es atrayente y las referencias que poseo son más que sugerentes. Todas ellas coinciden en su dureza, en la similitud con el estilo marcado por Fritz Lang en Los sobornados (The Big Heat, 1953) —también para el mismo estudio—. Dos años después el cineasta rueda su último thriller, al parecer petición de su amigo Dana Andrews —protagonista del film—. Se trata de The Fearmakers que recuerdo en un ya lejano pase en la televisión catalana. Se trata de una historia integrada en el ambiente previo a la guerra fría, adelantándose a títulos como El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1962. John Frankenheimer). Políticos corruptos, pruebas nucleares, manipulación de información... elementos a los que Tourneur se introdujo en una cinta de la que recuerdo, una vez más, su atmósfera seca y opresiva y su decidido alto nivel.
Uno de los géneros más practicados por nuestro cineasta fue el de aventuras, en el que se inició rodando en 1950 una de sus películas más célebres El halcón y la flecha. Las vitalistas y contagiosas andanzas de “Dardo” ofrecen quizá la mejor aportación de Burt Lancaster dentro de sus interpretaciones en el género. Sin embargo y aún reconociendo el nivel de la cinta, pienso que la misma se encuentra algo sobrevalorada —caso contrario al de, por ejemplo, Noche en el Alma—. Más cercana al ideario de Tourneur podemos encontrar La mujer pirata, que participa plenamente de esa ambivalencia y fatalismo propios de su cine. Todo ello junto con un extraordinario uso del color, que tiene su cenit en las secuencias finales, llenas de humos y llamas, ofrece una propuesta en la que destaca el personaje interpretado por Jean Peters. Una mujer criada entre hombres que la han tratado como un hombre y que encuentra en el capitán La Rochelle (Louis Jourdan) un apoyo para recuperar su femineidad. Un deseo que se verá frustrado —como siempre en el cine de Tourneur—, ya que el hombre de quien se ha enamorado es un espía que sólo busca su captura. Junto a ellos, y entre la amplia gama de personajes, destacar uno excepcional, el Dr. Jameson, lúcido y escéptico protector de la protagonista, espléndidamente interpretado por Herbert Marshall.
Un año después —1952—, nuestro homenajeado retorna al género al heredar el encargo de Henry King para la Fox y realizar Martín, el gaucho. Una muestra más de su maestría en el manejo de la imagen en color —ofrece una exquisitez visual digna de ser resaltada— y una propuesta en la que una vez más contemplaremos personajes introvertidos, escépticos y con un poderoso mundo interior.
No he podido ver Cita en Honduras y aunque Tourneur no la valoraba en exceso —pocos cineastas ha habido tan críticos con su propia obra—, estoy seguro que el desarrollo de una aventura opresiva y nuevamente desasosegadora por un terreno selvático debe permitir una de sus narraciones personales y una aportación llena de interés a un determinado cine de aventuras poco practicado en aquel tiempo.
No será ya hasta finales de los cincuenta, cuando el retorno al género por parte de Tourneur se producirá a través de un medio en el que trabajó en numerosas ocasiones —aunque a él no le gustara demasiado—: la televisión. Es así, como recopilando varios de los episodios realizados para la serie “Northwest Passage”, se exhibirán comercialmente tres films: Furia Salvaje, (Fury River, 1961) Frontier Rangers y Mission of Danger (ambas de 1959). De entre ellos —cada uno ofrecía tres episodios de la serie—, los dos últimos sólo incluían un episodio realizado por Tourneur. Por el contrario, las tres aventuras de Furia Salvaje llevan la firma de nuestro protagonista. Visto por televisión recientemente, no puedo por menos que destacar la coherencia que ofrece con el resto de su obra, el extraordinario uso del color y la presencia de numerosos elementos de estilo y secuencias sorprendentes. De hecho, la que abre el film —un ataque indio— supone ya una prueba de la maestría de Tourneur. Junto a ella, la habilidad con la que se engarzan las tres historias y la luminosidad que ofrecen escenarios como los ríos y lagos que pueblan la cinta, no hacen más que evocar —con las distancias que se quieran salvar—, la célebre secuencia del lago en Retorno al Pasado.
Ya en su última etapa —definida con producciones de escaso presupuesto y alejada de los grandes estudios—, el director francés rueda Timbuktu, una cinta de aventuras con un tourneriano blanco y negro y desarrollada en las arenas del desierto, no puede considerarse uno de sus grandes títulos, a lo que contribuye no poco la presencia de Victor Mature. Sin embargo, la dignidad está asegurada y nuevamente nos encontramos con secuencias heredadas de su vinculación con el cine fantástico: el intento de ataque de la araña al protagonista atado en el suelo.
El mismo año de 1959 Jacques Tourneur se suma a la pléyade de grandes nombres clásicos de Hollywood que emigrarán a Italia para realizar “peplums”, al realizar La batalla de Maratón. Película objeto de encontradas opiniones —apasionados defensores y no pocos detractores—, considero sin apasionamiento que pese a ser una de sus cintas menos estimulantes —lo que no quiere decir que no tenga interés, no he visto aún un mal film de este director—, sí puede considerarse como una de las cumbres de un subgénero tan parco en obras de interés. El problema interno de La batalla de Maratón es que su desarrollo se debate entre el respeto a sus convenciones genéricas y la introducción del estilo visual de su artífice. Entre lo segundo, destacaremos la belleza de sus nocturnos y los juegos de sombras y composición de escenas y personajes dentro de la conspiración que rodea la trama. Todo ello junto a la belleza visual de la batalla final —al parecer rodada por Bruno Vailati según las indicaciones de Tourneur y tras abandonar el segundo el rodaje al finalizar su contrato—, definen un film desigual y menor en el conjunto de su obra pero inevitablemente atractivo.
La implicación de Jacques Tourneur en el género americano por excelencia puede definirse, no podía ser de otro modo, como una de las más personales que se han suscitado en el cine americano. Cuatro films llenos de sentimientos ocultos, de un aire telúrico que envuelve sus paisajes y nuevamente de personajes impregnados con ambigüedades.
Su debut en el género se produce con Tierra generosa, western de ganaderos presidido por la melodía que a lo largo de su metraje canta Hoagy Carmichael. Primera colaboración con uno de sus actores-fetiche: Dana Andrews y con un Brian Donlevy que ofrece una perfecta plasmación de los clásicos personajes ambivalentes inherentes al realizador francés. Con una magnífica utilización de exteriores y espléndido uso de la elipsis, Tierra generosa permite disfrutar de elipsis como aquella que concluye en el —no mostrado— asesinato perpetrado por Donlevy para robar una importante cantidad en oro. Nuevamente, una de las máximas de nuestro homenajeado: “es preferible sugerir que mostrar”.
Su posterior reencuentro con el western no se producirá hasta mediado la década de los cincuenta. Será en 1955 cuando realice Stranger on Horseback y Wichita. No he podido ver ninguna de las dos, aunque de la primera Tourneur se lamentaba de la poca calidad de la fotografía —debido a temas técnicos—. Sin embargo, las referencias que existen marcan una unidad junto a Wichita —que no sólo hay que atribuir a la presencia en ambas de Joel McCrea—, definiéndose ambas en su carácter hierático y seco.
En cambio sí recuerdo una lejana visión de Una pistola al amanecer, su última y más valorada aportación al género. Dotada de un inicio deslumbrante —un tiroteo en una montaña recortada en uno de los cielos con azul más luminoso que jamás he visto—, recuerdo su extraño tratamiento y su galería de personajes ambiguos y de mirada esquiva. Su artífice, una vez más, manifestaba su escaso aprecio hacia ella. Sin embargo, y a falta de una nueva revisión que me permitiría apreciar más de cerca sus cualidades, nos encontramos con una película integrada dentro de esa lista que cabría denominar como “los westerns más extraños de la historia del cine”. Una relación no muy extensa que abarcaría títulos como Johnny Guitar (1954. Nicholas Ray), Encubridora (Rancho Notorius, 1952) —una vez más las semejanzas con Lang—, Yuma (Run of the Arrow), o Forty Guns, ambas rodadas en 1957 por Sam Fuller. Títulos realizados todos ellos en la segunda mitad de los cincuenta, en plena renovación de sus convenciones, y antes de la decadencia del género al inicio de la década siguiente.
Quedan en este repaso tres cintas a mi juicio inclasificables, en las que además se da la circunstancia que no he podido ver jamás. Una de ellas, una al parecer personal adaptación de los modos del bélico de época —Days of Glory—, otra podría definirse como un melodrama deportivo que el propio autor detestaba —Easy Living— y finalmente el proyecto más personal de su obra —el ya citado Stars in My Crown—, lindante entre el western y el género de aventuras. Tres films en blanco y negro, que completan el repaso de una de las obras más fascinantes del cine americano.
Cuando tan sólo he podido ver dieciséis de sus films —lamento no haber podido atender en su momento pases televisivos de Days of Glory, Easy Living, Circle of Danger, Cita en Honduras, Wichita o Timbuktu—, ciertamente considero a Jacques Tourneur una personalidad ejemplar en la historia del cine. Un hombre que debe de permanecer por méritos propios en la cima del séptimo arte. Una persona que a través de sus opiniones en entrevistas —que he leído y repasado en numerosas ocasiones—, me ha transmitido una imagen de honestidad, rigor y modestia con su propia obra. Confieso que es una de las pocas personalidades cinematográficas que me hubiese gustado conocer personalmente; hablar con él, conversar por el compartido interés por lo sobrenatural sometido a la investigación científica. Jacques Tourneur, el hombre que quiso rodar en una auténtica casa encantada, el autor que hizo de las sombras y la sugerencia una forma de arte. Gracias por todo.
J.C. Vizcaíno - Agosto de 2001
[1] Texto entresacado de la entrevista publicada por la revista “Cinema” en su número 230.
[2] Sin duda alguna, resultaría fascinante comprobar las enormes similitudes mantenidas en la obra paralela de Fritz Lang y Jacques Tourneur. Ambos proceden de países europeos y ambos regresaron a sus países en el ocaso de sus carreras. Los dos directores tuvieron una conclusión indigna de su talento con los grandes estudios hollywoodienses. Pero es que los dos directores compartieron directores de fotografía como Nicholas Musuraca, así como la presencia de actores tan definitorios de ambas filmografías como fueron Dana Andrews o Glenn Ford. No se puede hablar simplemente de coincidencia en la permanencia de determinados estudios. Estoy convencido de la complementariedad en la obra de ambos cineastas y hubiese sido de gran interés conocer la opinión de Lang sobre el cine de Tourneur y viceversa. Nunca sabremos cuales hubiesen sido sus respuestas. Sin embargo, la obra de ambos lo explicita de forma suficiente.
[3] Además de los estudios reflejados en el índice hay que resaltar el concienzudo seguimiento que el crítico José María Latorre ha venido formulando a los distintos pases televisivos de las obras de Tourneur. También dentro de los magníficos libros del mismo autor: “El cine fantástico” (1987) y “La vuelta al mundo en 80 aventuras” (1995), se detalla la importante aportación del cineasta a ambos géneros.
[4] La influencia de Tourneur se ha manifestado, en primer lugar, en la realización de sendos “remakes” de sus clásicos La mujer pantera y Retorno al Pasado, a cargo de Paul Schrader —El Beso de la Pantera (1982)— y Taylor Hackfort —Contra Todo Riesgo (1984)—, respectivamente. Por otra parte, Bertrand Tavernier le dedicó en sus títulos de crédito su film La Muerte en Directo (1979) y Martin Scorsesse siempre se ha considerado como un ferviente admirador del director francés. Son detalles en su conjunto poco significativos, pero sí es cierto que películas recientes como la excelente El Sexto Sentido, seguro que hubiesen hecho las delicias del maestro.
[5] Quizá su proyecto frustrado más fascinante era su propuesta de realizar un film que tratara sobre una batalla sobre los muertos y los vivos. En él tenía pensados dos finales diferentes y quería plantearlo como una fantasía científica narrada bajo la premisa de que con el paso del tiempo se habían generado muchos más muertos que vivos ¡que lástima que no se llevara a cabo!
[6] La relación profesional entre Lewton y Tourneur siempre se ha señalado que tendría una oportuna plasmación en la pantalla entre los personajes interpretados por Kirk Douglas y Barry Sullivan en la magistral Cautivos del Mal, dirigida por Vincente Minnelli en 1952.
[7] La trayectoria posterior de Robert Wise como realizador queda como la muestra de un concienzudo y desigual artesano. Sin embargo, entre su producción destaca una de las cumbres del género; The Haunting (1963). A mi juicio la obra maestra sobre el cine de casas encantadas, y que estoy seguro debió provocar el entusiasmo de Tourneur.
[8] Entre la producción en el cine de terror de Val Lewton hay que destacar una interesante prolongación de La mujer pantera titulada The Curse of The Cat People, firmada conjuntamente por el debutante Robert Wise y Gunter Van Fristch.
[9] La batalla de Maratón fue encargada personalmente por Steve Reeves a Jacques Tourneur, ya que este prefería un director americano y le había gustado mucho El Halcón y la Flecha.
[10] A propósito de este debut, la entrega ofrecida por Peck al director motivó un posterior motivo de reconocimiento en las entrevistas efectuadas al realizador francés.
[11] Para conocer los pormenores de este costoso rodaje y sus implicaciones con el fondo que la Fox tenía en Argentina, conviene consultar la siguiente web http://www.ambito.com.ar/99-03-08/espectaculos001.htm.
[12] Esta elección personal, quizá la compartiría con la cinta de Terence Fisher Las Novias de Drácula.
[13] Esta elección —que se identifica con la encuesta realizada en 1998 por la revista “Dirigido por...”—, quizá la compartiría con Sed de Mal de Orson Welles, ejemplo de la descomposición del género.
[14] Aquí coincido con las opiniones vertidas en diferentes ocasiones por los críticos José María Latorre y Lluís Aller en la revista “Dirigido por...”