El cine de Jacques Tournuer II

Por Juan Carlos Vizcaíno

Siete años después. Retorno a un pasado. La perenne modernidad

Para todos aquellos amantes del cine del pasado, uno de sus mayores placeres lo supone el rastreo y la búsqueda de aquellos títulos que, a modo de imaginario rompecabezas, nos pueden completar la perspectiva de aquel cineasta que en un momento de nuestras vidas decidimos admirar e incorporar como parte de la inmensa base de elecciones artísticas que alberga nuestra mente. Una apuesta relativamente arriesgada, en la medida de resultar pendiente de contemplación títulos que podrían hacernos modificar la valoración de ese —en este caso— cineasta al que hemos seguido durante años, en un primer momento de manera casi intuitiva. Afortunadamente, siete años después de la elaboración del pequeño recorrido por su obra que antecede estas líneas, el paso del tiempo me ha permitido ratificar de manera rotunda y absoluta la valía de este maestro del cine. Es decir, a través de este notable margen temporal he podido acceder a una decena de exponentes del cine tourneriano, además de la que puede suponer su aportación televisiva más recordada. La suma de este acercamiento —extendido de manera irregular en función de las posibilidades que brindaba poder atisbar un nuevo título de su artífice—, no solo ha no menguado un ápice mi aprecio por su cine sino que, por el contrario, en la mayor parte de sus casos me ha permitido acceder a alguno de los mejores exponentes de su cine.

Sin embargo, cuando desde “Miradas de Cine” se me brindó la oportunidad de readaptar el artículo previo, incorporando en ellas los títulos visionados con posterioridad a su elaboración, preferí mantener su redacción, incorporando un apéndice en el que intentara trasladar mis posteriores acercamientos el cine de Tourneur, que al mismo tiempo me permitiera brindar una mirada más cercana a diferentes perfiles de la obra tourneriana en nuestros días. Quizá resulte en este sentido muy atrevido hablar con concisión de una decena de títulos divergentes entre sí en sus características mayoritariamente ausentes de estreno comercial normalizado en nuestro país, únicamente relacionados por el hecho de estar realizados por el mismo firmante ¿No puede ser, sin embargo, una oportunidad atractiva para apostar por la coherencia de su obra en diferentes marcos genéricos y de producción?

Nueve propuestas de autor reconocido

Days of Glory (1944)

Iniciemos el recorrido con la que supuso la única incursión de Tourneur en el universo del cine bélico. Recién salido de los fulgores de su terrorífica trilogía de cine de terror al amparo de Val Lewton, recreó Days of Glory (1944), que además supuso el debut cinematográfico de un Gregory Peck del que siempre el director se manifestó agradecido por su disposición en el rodaje. Más allá de su bagaje de cualidades se trata de un título valioso, aunque no se le pueda situar entre las cimas de su cine, destaca en ella la atmósfera de irrealidad que respira una historia desarrollada en primera instancia en los confines de la guerrilla de oposición a la invasión nazi en Rusia. Transformada por el tamiz de un Tourneur evocador de su cercana y exitosa experiencia, convertirá la historia en una escenificación dominada por la abstracción, dentro de unos exteriores nocturnos enmarcados por nieblas que excedan con mucho la precisión de su punto de partida, hasta erigirse como una puesta en escena de tintes casi fantasmagóricos.

Easy Living (1949)

Más controvertida puede resultar Easy Living (1949) no confundir con la estupenda comedia homónima de Mitchell Leisen realizada en 1937, con la que Tourneur se enfrentó ante un drama urbano definido en el mundillo de las ligas de futbol. Se trata de un título que el propio realizador confesaba detestar, aunque jamás revelara la razón última de dicho desprecio ¿sería por la presencia de Victor Mature al frente del reparto?, al tiempo que no se ocultara en señalar que jamás había contemplado previamente un solo partido de futbol. En cualquier caso, el paso de los años no ha evitado que salgan defensores en torno a una película que consideraba en sí misma resulta toda una rareza, aunque cierto es que haya que ubicarla quizá como el título menos valioso filmado en la década de los cuarenta por el realizador. Ello no impide destacar la convicción con la que se encuentra realizada, el intimismo de sus mejores momentos, la extrañeza que proporcionan varias de sus imágenes, o incluso la eficacia que alcanza la labor de un Mature más salvable que de costumbre.

Stars in My Crown (1950)

Hablar de Easy Living, en buena medida supone encontrarse en las antípodas del placer que brinda Stars in My Crown (1950), uno de sus títulos cumbre, que Tourneur generalmente consideró su mejor película, y en la que se implicó de una manera muy especial desde el momento que accedió a la lectura de la novela de Joe David Brown. Bellísima, plácida, sombría e incluso conmovedora propuesta que aúna una de las mejores muestras de “Americana”, nos encontramos ante una de las más valiosas muestras que el cine norteamericano brindó a finales de los cuarenta, en la que además supone una de las miradas más profundas que dicha cinematografía ha ofrecido al complejo prisma de la infancia. Relato modulado con una delicadeza y aparente despreocupación, dominado por toques inherentes a la querencia de su director por lo sombrío integrado dentro de la aparente cotidianeidad la función del vendedor ambulante a modo de payaso, que provoca la inquietud de los más pequeños, detalles que implican de nuevo a su artífice en el terreno de la abstracción cinematográfica, o la plasmación de un milagro que liga a nuestro cineasta con el posterior Dreyer de Ordet (1955) como más adelante comprobaremos, no será la única ocasión en que el maestro francés se unirá en su obra con el danés, y que puede definirse como una de las páginas más memorables y conmovedoras de su cine, son algunas de las vertientes que inciden en el hecho de encontrarnos con una de las obras mayores del cineasta francés.

Circle of Danger (1951)

De manera sorprendente, Tourneur viajó hasta Inglaterra para rodar casi a continuación El halcón y la flecha se encuentra por medio Circle of Danger en la que claramente adelantará esa mirada sombría sobre una Inglaterra de posguerra, que unos años después reiteraría en la memorable Night of the Demon. En esta ocasión la película se centra en un curioso precedente del Dana Andrews del posterior título satánico, encarnado en el título que nos ocupa por Ray Milland, americano que viajará hasta una localidad de la campiña inglesa para intentar descubrir las causas y posibles autores del asesinato de su hermano. Basado en una novela de Philiph McDonald el creador del Harper encarnado en la pantalla por el recientemente desaparecido Paul Newman, nos encontramos con un relato tenso que revela las mejores virtudes y el rigor de su artífice. Desde la extrema sobriedad de las interpretaciones del reparto, la capacidad de ofrecer tensión en los entornos más aparentemente relajados, pasando por ese alcance fatalista que domina una película en la que nada parece poder alterar el terrible secreto que encierra un colectivo repentinamente tensionado con la presencia de un extraño. Un “thriller” que se encuentra entre los títulos más valiosos y menos reconocidos de su cine.

Cita en Honduras (Appointment in Honduras, 1953)

Pura abstracción puede considerarse Cita en Honduras, otro de los grandes exponentes del arte tourneriano. Una aventura desarrollada en un imaginario país cinematográfico, basada en un mínimo argumento y que es pura emoción. Todo un cúmulo de sensaciones descrita a través de un reducido grupo de personajes que interpretan Glenn Ford, Ann Sheridan y Zachary Scott, y que jamás dudaría en considerar como una de las cimas más valientes y menos reconocidas del cine de aventuras, además de resultar uno de los títulos más atrevidos de su filmografía. Como no podía ser de otra manera, el cineasta tampoco le demostraba mucho aprecio, lo que habla de la consustancial modestia del cineasta, en modo alguno parangonable con la intensidad que muestra la andadura de los protagonistas del film por una fantasmagórica selva, ofreciendo en sus imágenes un auténtico viaje iniciático de sus protagonistas, en medio de un cúmulo de emociones, miradas, gestos y estallidos de color, que acercan y hablan bien a las claras de la densidad de esta aparentemente modesta propuesta, ligándola al cine japonés de aquellos años.

Wichita (1955)

La no excesivamente amplia aportación de Tourneur dentro del “western” no le ha impedido granjearse un lugar de cierta importancia dentro del género norteamericano por excelencia. En el contexto de dicha vertiente, es evidente la personalidad que manifiesta Wichita, en la que podemos atisbar ese alcance renovador que el francés imprime a un relato en el que al mismo tiempo se detectan elementos consustanciales a su estilo el asesinato del niño cuya sangre se contempla a través de una puerta. Aún reconociendo que dentro de sus virtudes no valoro esta propuesta entre las cimas de su filmografía confieso en voz baja que ninguna de sus aportaciones al cine del Oeste me resulta excepcional, aunque todas ellas revistan un notable interés, resulta evidente atisbar en esta producción en pantalla ancha un nada lejano referente del primer cine de Sam Peckimpah que intervino como secundario en la película. La presencia compartida de Joel McCrea en ambos repartos y ciertos elementos evocadores de un pasado irremisible, indudablemente llevan a vislumbrar los primeros pasos de la vertiente crepuscular del género.

Nightfall (1957)

Dentro de su peregrinaje por géneros y estudios, Tourneur brindó para la Columbia la estupenda Nightfall, adaptando una novela de David Goodis. Exponente tardío de cine “noir”, Tourneur se mostró de forma paralela respetuoso con las directrices del estudio empezando con el protagonismo en el reparto de Aldo Ray y una jovencísima Anne Bancroft, y al mismo tiempo fiel con su estilo, plasmando esa imperturbabilidad y fatalismo al relato de las consecuencias que ofrece esta historia policiaca centrada en la pesadillesca odisea que sufre un falso culpable buscado al mismo tiempo por la policía y unos asesinos, y que contará como único asidero con la ayuda de una joven. Todo ello en un marco urbano frío y desolador, dentro de un formato de serie B tardía en el que nuestro realizador tenía que moverse como pez en el agua, cercano a los modos televisivos de aquellos años convulsos para el cine norteamericano. Un clímax desarrollado en pleno campo y tomando como base una amenazadora presencia de maquinarias, culmina una de las cintas de transición de nuestro cineasta a esos ya señalados contextos de producción, al tiempo que un film de contundente eficacia.

The Fearmakers (1958)

Menos valorada aún que Nightfall pero a mi modo que ver más lograda, se expone la insólita The Fearmakers, bajo mi punto de vista uno de los más valiosos exponentes del cine de Tourneur en la década de los cincuenta. Su propio artífice de nuevo revelaba su escaso recuerdo del mismo, señalando que la filmó por simple amistad hacia su protagonista el magnífico e infravalorado Dana Andrews. Hace pocos años, el comentarista José Mª Latorre destacaba con perspicacia la capacidad que tuvo Andrews que no parece casual, de encarnar en diferentes títulos un determinado arquetipo de personaje dominado por el escepticismo, que supieron muy bien advertir cineastas tan magníficos como Preminger, Lang y Tourneur. Va siendo hora ya de saber establecer el debido reconocimiento a dicha circunstancia tal y como hace cierto tiempo se ofreció con la figura de Robert Mitchum, y en ello cabría recordar esta magnífica e insospechada historia que mezcla el sustrato del “thriller”, con una extraña parábola desarrollada en torno al mundo de los lavados de cerebro y las manipulaciones. Títulos como El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1962. John Frankenheimer) o Tempestad sobre Washington (Advise & Consent, 1961. Otto Preminger), no cabe duda que en mayor o menor medida tendrían que reconocer las influencias que retomaron de esta magnífica propuesta.

Timbuktu (1959)

Dentro de un peregrinaje por estudios y contextos de creciente modestia de producción, es indudable que el ejemplo que brinda Timbuktu queda como uno de los títulos de más limitado alcance del francés en esta década. Amparada bajo la producción colonialista de la United Artists, y utilizando como coguionista a Anthony Veiller, nos encontramos con una historia desarrollada dentro de la Legión Francesa en el Sahara durante la II Guerra Mundial. Relato protagonizado por un estólido Victor Mature, destaca dentro de su estimulante pero limitado alcance en la belleza, fuerza y sadismo de algunas de sus secuencias, antes que en las convenciones de un conjunto que Tourneur solo sacará adelante a través de su empeño personal en determinadas “set pièces” que redimen su conjunto. Sin duda, uno de los títulos menos valiosos de su cine, aunque ello no nos impida reconocer que nos encontremos ante una propuesta desprovista de interés.

Nuevos placeres. De la televisión al testimonio

"Night Call" - “The Twilight Zone” (1964)

Como tantos otros cineastas definidos dentro del ámbito del cine clásico de Hollywood, también Tourneur tuvo que apostar por un bagaje televisivo que acometió con probada profesionalidad. Es probable que algunas de sus incursiones no permitieran aflorar mucho más que esa eficacia, pero es indudable que en otras sí que favoreció su impronta. Es algo que se puede detectar en los episodios de la serie “Northwest Passage” que conformaban el largometraje Furia salvaje, pero que quizá tuvo su punto más elevado de inflexión con el episodio de la prestigiosa serie “The Twilight Zone”, denominado "Night Call" (1964). Considerado uno de capítulos más valorados de una de las series de culto de la televisión norteamericano y basada en un guión de Richard Matheson, es el propio escritor el que en una entrevista confesaba que en muy poco tiempo Tourneur hizo una lectura detallada del guión, realizando una casi milimétrica traslación cinematográfica del mismo en la propia copia del libreto que se le entregó. Tenía muy claras las posibilidades de este relato terrorífico de una vieja anciana encarnada admirablemente por Gladys Cooper que en medio de una tormenta recibirá llamadas de su esposo muerto. El episodio aterrorizó la audiencia de Estados Unidos, pero a mi modo de ver más que el alcance terrorífico de la propuesta que lo tiene, refleja admirablemente la sensibilidad del ya veterano realizador para ofrecer un profundo estudio psicológico del personaje protagonista. Esos admirables y prolongados primeros planos de la atormentada e inicialmente autoritaria anciana sortean la descripción de una atmósfera pesadillesca, para erigirse finalmente como un conmovedor relato de una viuda solitaria, que de nuevo ligará a nuestro protagonista con el cine de Dreyer, erigiéndose como un curioso y paralelo relato al Gertrud (1964) del cineasta danés. Más allá de las excelencias del episodio, lo más valioso de Night Call estriba en el vislumbre de nuevos caminos expresivos para el cine de su artífice, que lamentablemente no tuvieron la continuidad deseada.

Directed by Jacques Tourneur (1978)

Durante años he anhelado poder acceder a la que supuso la única entrevista grabada que se conserva. Revelador del menguado interés que aún mostraba su figura ni siquiera un observador y conocedor del cine USA como Peter Bogdanovich reparó en su obra durante su periodo como crítico, fue apenas seis meses antes de su muertecuando los documentalistas franceses Jacques Manlay y Jean Ricaud lo entrevistaron en su domicilio de la localidad francesa de Bergerac. Afortunadamente, hace unos años que esta grabación ha sido editada, permitiéndonos atisbar algunos detalles de la personalidad del admirado cineasta. Apenas media hora que nos permitirán conocer la proverbial modestia de su artífice vivía en una casa de campo bastante sencilla y sin ostentaciones, portaba un físico notoriamente envejecido comparado con las imágenes que sobre él habíamos hecho familiares, al tiempo que nos mostraban una innegable y contagiosa vitalidad. Con unos ademanes que lo semejaban en buena medida a Alfred Hitchcock y partiendo de la base de mis enormes limitaciones con el idioma francés, quizá lo más interesante del documental resida en la capacidad para recordar elementos del pasado de su filmografía que Tourneur que el cineasta comentaba con celeridad, mientras hojeaba con rotunda energía las fotos que iba mostrando a los entrevistadores.

Títulos a descubrir. Entre la normalidad y deudas pendientes

Dentro de una filmografía coherente dentro de sus oscilaciones de producción y asimilación de contextos, poco a poco la totalidad de la obra tourneriana va emergiendo de manera homogénea y coherente. Si mis cuentas no fallan trece de sus títulos se encuentran editados en DVD en nuestro país en donde sin embargo podemos detectar una laguna tan clamorosa como La noche del demonio, que sin duda alcanzaría un notable éxito entre los numerosa aficionados al cine de terror, sus películas se pasan repetidamente en ciclos televisivos en los escasos canales temáticos que se mantienen, mientras que los aficionados graban, intercambian y mantienen vigente el alcance de su obra ante cualquier interesado. Actualmente, son tres los títulos escasamente conocidos del francés que se pueden encontrar en foros digitales Nick Carter, Master Detective (1939), Phantom Raiders (1940) y Stranger on Horseback (1955). Las dos primeras, fundamentales para conocer el alcance del director antes de su contratación en la RKO, y la última para completar la perspectiva que el cineasta brindó al “western” aunque, como no podía ser de otra manera, Tourneur hablara desdeñosamente de ella. Son escasos ya los eslabones a pisar en estos tres casos, cuando la presencia de subtítulos permitan un acercamiento completo a ambos títulos, para poder acceder a una visión global de la obra del más modesto de los cineastas, el que supo aclimatarse a todos los géneros y ámbitos de producción, sin que ello le impidiera manifestar la nebulosa de su estilo, invisible y poderoso al mismo tiempo.

Tan solo queda, para finalizar, apelar a una pequeña deuda pendiente en nuestro país en torno a su figura. Esta no es otra que consignar la ausencia de alguna publicación que permita revelar la vigencia de su cine. Más allá de la señalada y espléndida edición brindada por el Festival de San Sebastián 1998, y de las aportaciones ofrecidas por Miguel Marías, José María Latorre, Luis Aller, Enrique Alberich y Quim Casas en valiosísimos acercamientos insertados en la revista Dirigido Por… a lo largo del tiempo, lo cierto es que las publicaciones cinematográficas en nuestro país tienen contraída una deuda pendiente con la figura de Tourneur, que bien podría plasmarse en la traducción de la imprescindible obra de Chris Fujiwara. Mientras tanto, cuando en su Francia natal se suceden las publicaciones y retrospectivas para quien, quizá sin ellos advertirlos, ha sido su cineasta más perdurable, bienvenida la aportación brindada por las generaciones más jóvenes de aficionados, como los que expresa este monográfico de “Miradas de Cine”. Es la mejor prueba de que el mundo existencial, numinoso y sensible que, con tanta humildad como agudeza, plasmara bajo el manto del cine de géneros el maestro francés- norteamericano, sigue vivo.

J.C. Vizcaíno - Diciembre de 2008