Tourneur y la serie B

Por Juan E. Lagorio

Clausura y soberanía

Si quisiéramos contestar qué es el cine, deberíamos luego contestar qué es la clase B. Son dos preguntas complementarias y sucesivas en la intelección de ambas. Ahora bien, suponiendo que hemos estudiado racional y metodológicamente los desarrollos posibles a la primera pregunta, y ya sabemos qué es el cine, podríamos contestar fácilmente la segunda pregunta y decir que la clase B es la entelequia del cine. No en cuanto a que es irreal o mera ilusión, sino en su realidad apoderada del carácter de perfección, de cerramiento y de completud. Cuando Hollywood inventó la clase B, la creó como concepto de soberanía y de clausura.

Por lo tanto fue creada como autoridad suprema, con cualidad de mando y reglas propias sobre las alejadas zonas irradiadas y apenas descubiertas del cine. La clausura fue la culminación de toda una serie de pensamientos, fragmentos, expresiones y exposiciones diversas, anteriores a la creación del cine, principalmente trabajadas por el romanticismo del siglo XIX europeo, referentes a la postulación del lugar y los desplazamientos ocurridos sobre la concepción tradicional en el mundo contemporáneo. La clausura estableció la circunscripción para trabajar con la herencia clásica en un paradójico doble discurso dado por el sistema político económico en el cual se estableció. La clase A se desarrolló dentro de un esquema de propagación y manifestación bigger than life como culminación de lo barroco, de lo excesivo en su proceder político. Como contrapartida simétrica, especular y complementaria, la clase B dio una vuelta más, extremando la espiral en un exceso de sentido contrario, donde “menos es más”, donde el bigger se hizo deeper para lograr una ventaja táctica. Pues el cine se trató siempre de lograr ventajas, es decir primacías, para inhabilitar toda suerte de deliberaciones previas, literarias, teatrales, operísticas, y también psicológicas, culturales, y hasta teológicas, logrando las clausuras, las culminaciones críticas del pensamiento moderno. Pensamiento que en el siglo XIX y buena parte del XX transitó zigzagueante, cuando no por callejones sin salida, y hasta a contramano, por la busca de una representación de lo humano en una dimensión teológica. En esto la clase B es un ens entium, un ser de seres, pues logró exponer lo eterno a través de lo económico, la totalidad a partir de lo fragmentario, de los restos y descartes de su otra mitad. La clase B buscó en lo bajo los fines más altos, seleccionando lo significante, gratificándose en su finitud para refutarla como mera experiencia. Lo primero y lo más superficial de la clase B es su estética. Se trata de una estética clausurada, en la cual las reglas dictan qué ingresa y qué egresa de su soberanía. Estas reglas estéticas configuran una serie de preceptos de base firme que establecieron una gran libertad de expansión en la producción de ideas dentro de su soberanía: entre ellas: la construcción de un entramado en capas jerárquicas para formar la puesta en escena, cada capa es una unidad funcional dada por su característica constitutiva —vestimentaria, actoral, decorativa, verbal, gestual, musical, postural, visual, etc.— que preserva su propia economía manteniendo una serie de excedentes solamente a los fines de actuar como portadora y enlazarse con una capa superior, la sumisión de cada capa a un presupuesto ideativo, la neutralidad axiológica de esas capas tomadas por separado, la pertenencia común de cada capa a un fondo de ser transmisible, permanente y no identificable con una capa en particular, cada capa tiene una función adicional que hace al sistema y es la de formalizar una unidad racional para brindar un conocimiento que debe ser incremental. En este sentido, la estética creada por la clase B es la apoteosis de lo superficial, justamente para trascender enteramente su forma pero sin renegar de su armadura que es arma y soporte. En esta estética, que no era mínima sino meticulosa, lo imperceptible era lo verdaderamente superfluo. Tanto la clase A como la B superaban la etapa estética para llegar a la simbólica sin remilgos aunque por caminos —o puentes— diversos.  El camino de la clase B acentuó aún más los principios de la clase A, en una suerte de reducción purificante. Abolió la insipidez, las medias tintas, los prolegómenos, el provincialismo de la alegoría, el endiosamiento de la cuestión estética, el quietismo, el desequilibrio entre medios y fines y la dispersión en lo insignificante, entre otras cosas. Podemos hacer una analogía literaria para entender estos dos caminos. Si leemos la obra de Jorge Luis Borges podríamos concluir que se utilizaron los dos caminos. "El Aleph" sería la clase A y "El libro de arena" la clase B. En este último se ve más la mano, la artesanía, y es probablemente mejor en cuanto fin común logrado. Ahora bien, no perdamos de vista que en cuanto a fines, había una cuestión ontológica en la que el cine venía trabajando y que la clase B puntualizó aún más: la idea de que el cine podía hablar de cualquier cosa siempre y cuando se ajustaran a su soberanía. No había límites, ni tema 'grande' o 'pequeño' que no pudiera abordarse, y, lo más importante, que con su naturaleza y su gobierno, con su justeza y su arte, se podía oponer a cualquier idea y refutarla, fuera esta filosófica, antropológica, teológica, social o de cualquier nivel de mundanización del saber. Pues este ser de seres hablaba construyendo símbolos con los vestigios que había ido despojando del enemigo. Ropajes, psicologías, gesticulaciones, construcciones, representaciones, simulacros, metafísicas ilustradas y toda parafernalia decorativa enarbolada por las alegorías reinantes eran expelidas, excretadas sin más como cuerpos extraños, desde las entrañas de la estética de la clase B, capa por capa, a través de una puesta en escena que funcionaba como una verdadera crítica constructiva.Por esta razón la clase B es el cine más difícil porque es el más refinado.

Por ello para llevar a cabo esta magnífica empresa, hacía falta hombres y mujeres cultos, valientes, de probada artesanía y de saludable pensamiento, que con cada decisión contestaran aquellas primeras dos preguntas que planteamos. Hombres como Edgar G Ulmer y como Jacques Tourneur por ejemplo. Tourneur, quien junto a Val Lewton, a su equipo de producción y a la RKO, trabajaron eutrapélica y emboscadamente en contra de las deformaciones de lo hoy entendido por clase B.  Tourneur realizó tres films de relatos fantásticos junto a la RKO que están entre las mejores películas de la historia del cine. En ellas se trabajaron estas ideas de soberanía y clausura dentro de una brillante política corporativa. Política verdadera antes que arte, en el sentido que más que un estilo lo que siempre hubo en Tourneur fue una intencionalidad donde la técnica no usurpaba soberanía y se sometía a las reglas de clausura. Hay en Tourneur un buscado tono menor. No debemos confundir lo menor con lo inferior. En esta caso lo menor provocó como  resultado un mayor costo para el espectador puesto que Tourneur, al desarrollar la clase B, eludió desde el comienzo ser un entretenedor en el sentido liberal, y cada nuevo film era un nuevo problema que descifrar. A Dios gracias.