Wichita (Wichita, 1955)

Por Ramón Alfonso

El abnegado, expeditivo, y por lo general convenientemente edulcorado, Wyatt Earp, es uno de los personajes  que a lo largo de su historia el cine ha ido de forma mas o menos recurrente recuperando en films tan numerosos como irregulares.  Sin lugar a dudas, el mas conseguido es el triste Pasión de los fuertes (My darling Clementine, 1946) una de las obras mayores de ese inolvidable director de westerns que era John Ford, seguido del  quizá, por lo menos a un nivel digamos popular, mas recordado Duelo de titanes (Gunfight at the O.K. Corral. J.Sturges, 1957), cuyo título en castellano  no deja lugar a dudas respecto a la espectacularidad de la cinta, con una composición a cargo de Burt Lancaster y Kirk Douglas como el Sheriff de Dodge y  su inseparable amigo Doc Holliday, respectivamente, bastante alejada de la propuesta por Henry Fonda y Victor Mature diez años antes. Hasta nuestros días, muchas han sido las incursiones de los hermanos Earp en la gran pantalla, algunas tan sugestivas, y menospreciadas, como esa suerte de secuela que de su propio film realizó John Sturges y que se llamó La hora de las pistolas (Hour of the gun, 1967), muy superior en mi opinión a su precedente  (y que contaba con una espléndida caracterización de Robert Ryan como uno de los Clanton y quizá una de las pocas interpretaciones inspiradas de ese mediocre actor que siempre ha sido James Garner dando vida al Sheriff Earp) y otras tan desacertadas como chapuceras, como las dos  últimas aproximaciones cinematográficas al mito, de mano de Lawrence Kasdan y George P. Cosmatos (Wyatt Earp (1994) con un indigesto Kevin Costner y Tombstone (1993) con un Kurt Russell un poco mas acertado pero igualmente inapropiado).

El film de Jacques Tourneur, realizado en 1955, poco aporta en realidad a la filmografía del Marshall del salvaje oeste, aparte del hecho de suponer que si se hubiera filmado en nuestros días podría haber recibido el título de Wyatt Earp begins, pues nos narra una aventura, que incluye el momento en que se convierte en agente de la Ley, anterior a su celebre andanza en O.K. Corral, que es la que mayoritariamente ha interesado a los realizadores. Lejos de la espectacularidad de Sturges y de la hermosa melancolía de Ford, la película de Tourneur  es un perfecto ejemplo de correcto western menor de Serie B, todo un catálogo de lugares comunes y situaciones trilladas realizadas con innegable corrección y no poca despersonalización; es Wichita, por tanto,  una magnífica ocasión para disfrutar del trabajo de un artesano. El realizador domina a la perfección los tempos narrativos, sabe cuando ser vigoroso, sentimental, divertido, mueve la cámara cuando debe hacerlo, fragmenta las secuencias en los planos adecuados en función de la necesidad de ésta, como un viejo maestro que lo ha hecho en infinidad de ocasiones, y sin embargo, todo acaba teniendo un regusto demasiado funcional. Lejos de sus mejores trabajos, este Begins resulta idóneo para pasar un rato entretenido, es vigoroso, insisto está bien narrado, pero no deja en todo momento de ser intrascendente, deberíamos  pensar en él como un  divertimento, un film que una vez ha finalizado poco mas que una agradable sensación deja en el espectador.

Las ideas mas interesantes, por desgracia, incluyendo cierta melancolía inseparable de trabajos mas conseguidos de Tourneur, se quedan en la mayoría de las ocasiones en el mero apunte;  filmar, por ejemplo, en paralelo el nacimiento de una ciudad y un mito del oeste no deja de gravitar durante todo el metraje pero no acaba nunca de definirse completamente. El recién llegado Earp no tarda en imponer casi una suerte de particular dictadura en base a su interpretación de la Ley chocando con el feudo que se han construido los altos cargos de la ciudad; a partir de este sugestivo planteamiento, se podría haber encontrado una visión  más compleja, incluso más política, a la hora de retratar el conflicto que finalmente se confirma con una  reducción a la típica lucha entre buenos y malos, idealizando siempre, e inevitablemente claro, al protagonista. Por tanto las acciones mas que completar un contexto en el que se mueven los diferentes personajes tan sólo nos llevan a una narración tan inofensiva como insípida, al siempre aburrido canto al héroe. Poco importan las situaciones mas o menos absurdas que puedan darse por el camino (las idas y venidas de los hermanos Clements y sus enfrentamientos con Earp casi rozan lo delirante) siempre y cuando no se pierda de vista la construcción del mito, gesta, por supuesto, convenientemente subrayada por una enfática banda sonora, tan aparente como vacía, obra de Hans J. Salter. 

Para la ocasión, el actor encargado de interpretar a Wyatt Earp es Joel McCrea, un notable intérprete, inolvidable en sus colaboraciones con Preston Sturges, quien, pese a estar convincente, parece demasiado mayor para interpretar al personaje, mas aún si tenemos en cuenta que este film nos está contando supuestamente una aventura primeriza, lo que nos lleva a situaciones cuanto menos irónicas, como el cortejo pseudo adolescente a la jovencita Vera Miles (el actor, pocos años después, interpretaba ese excelente western crepuscular de Sam Peckinpah que se llama Duelo en la alta sierra (Ride the high country, 1962), con resultados mucho mas conseguidos, físicamente resultaba perfecto para encarnar junto a Randolph Scott a los dos envejecidos amigos). Acompañando a McCrea, además de la citada Vera Miles, en un personaje invisible,  encontramos a habituales de este tipo de producciones como dos actores tan discretos como Lloyd Bridges y Peter Graves, junto a Jack Elam y Edgar Buchanan.

No debemos de todas formas olvidar, a la hora de valorar este film, el contexto en que nos movemos, la Serie B norteamericana de los años cincuenta, además en un genero muy concreto, que a unos niveles muy elevados tan sólo buscaba el entretenimiento puro y duro; Tourneur en esta ocasión, como en tantas otras si lo pensamos mejor, no deja de ser el artesano que mencionaba contratado para filmar sin implicarse demasiado lo mejor posible un film de vaqueros en el que lo último que parece importar a los productores son las diferentes lecturas, políticas o no, que puedan extraerse, y las búsquedas narrativas. Si nos movemos en base a estos parámetros, como decía mas arriba, pese a la intrascendencia de la propuesta, y la indiscutible sensación de obra menor dentro de la filmografía del realizador, Wichita es todo un ejemplo de pequeña película que sólo parece buscar ese objetivo aparentemente tan sencillo pero tan sumamente difícil que es entretener al espectador...y parcialmente lo consigue, lo que no es poco.