Un cuento de Navidad

En la estela de ‘La vie des morts’

Hay cineastas cuya opera prima sienta las bases temáticas y estéticas de toda su obra mientras que hay otros cuya primera película es meramente accidental y su interés radica solamente en su capacidad para mostrar el origen de una evolución artística que va concretándose a medida que el cineasta crea nuevas películas. No hay duda que el cineasta francés Arnaud Desplechin pertenece a la primera clase y su última película Un cuento de Navidad (Un conte de Noël, 2008) viene a reforzar esa certeza. No solamente porque a través de este octavo largometraje el cineasta se consolida como uno de los directores más carismáticos e interesantes del panorama cinematográfico contemporáneo sino porque culmina el trayecto iniciado con su ópera prima, La vida de los muertos (La Vie des morts, 1991) tanto en lo temático como en lo estético.

En aquella primera película Desplechin se enfrentaba al reto de mostrar en su cine el peso de una ausencia (el intento de suicidio de Patrick, un chico perteneciente a una típica familia pequeñoburguesa de Francia) al tiempo que recurría a una puesta en escena eminentemente teatral, donde los cuerpos de los personajes se movían en el espacio reducido de la casa familiar y su relación con el entorno e, incluso, con los demás personajes se circunscribía a ese círculo a menudo asfixiante. De este modo, tanto en La vie des morts como en la reciente Un conte de Noël, el cine de Desplechin está dominado por la presencia incorpórea del hijo muerto (el intento de suicido en el caso de la primera se consolida a pocos minutos de finalizar el metraje, mientras que en la segunda el patriarca Abel —interpretado por Jean Paul Roussillon— inaugura el film recordando precisamente a Joseph, el hijo muerto). Podría decirse que los muertos dominan la progresión del relato en el cine de Desplechin y así lo asevera en La Vie des Morts uno de los hijos de la familia MacGillis dirigiéndose a Laurence (personaje interpretado por Emmanuelle Devos quien, a partir de entonces, se convertiría en actriz fetiche de Desplechin): “Esta es la familia de los muertos”.

Es solamente a partir del campo magnético que generan estos fantasmas que los personajes de Desplechin se mueven tanto en el espacio como en el tiempo fílmico. Y es también la muerte la que, de un lado, permite mostrar a las familias de La vie des morts y de Un conte de Noël en una reunión que, en realidad, parece entre extraños, y, del otro, permite que Desplechin desarrolle la idea del núcleo familiar como prisión, como constelación que carga a los personajes con un pasado del cual no pueden desprenderse por más que quieran. Aún así, hay una diferencia substancial entre La Vie des morts y Un conte de Noël que, paradójicamente, contribuye a generar lazos si cabe más fuertes entre una y otra. Mientras en la primera la presencia de la muerte abraza la ficción como una amenaza, puesto que, como comentábamos, el hijo no muere hasta el final de la película, en la segunda la muerte del hijo es una presencia casi tangible, puesto que su muerte acaeció años atrás. Y es por ello que, de alguna forma, Un Conte de Noël viene a suponer la continuación, sino la culminación de La Vie des morts. Una suerte de re-emprendimiento de unos personajes finalmente mutilados por la muerte y dejados a su suerte durante más de quince años. Si en la primera película se iniciaba el duelo, en la segunda se reemprende para mostrar el proceso que conduce a su superación.

Pero más allá del acecho o la presencia de la muerte, el retrato de la familia pequeñoburguesa en ambas películas cuestiona constantemente, como hicieran Bergman, Buñuel, o incluso Winterberg, los límites de la moral. De lo éticamente correcto y de cómo esa fina línea que separa lo que debe o no debe suceder, lo que debe o no debe hacerse, se traspasa continuamente. En La Vie des Morts, Pascale (Marianne Denicourt) está secretamente embarazada y tiene un aborto justo la noche en que Patrick muere en el hospital víctima de su intento de suicido. En Un conte de Noël, Sylvia (Chiara Mastroiani) se acuesta con su primo Simon (Laurent Capelluto) aún estando casada y tener a sus hijos correteando por la casa donde la familia se ha reunido para celebrar la Navidad. En ese sentido, es obvio que a Desplechin le interesan esencialmente los personajes. Sus dudas, sus contradicciones, su complejidad humana, ética y social. Y es que, en definitiva, el cine de Desplechin es un cine de vocación coral que se mueve en el terreno de los personajes y, por supuesto, de los actores. De ahí que su trabajo cinematográfico sea eminentemente actoral, a la manera como supieron entenderlo Bergman o Renoir, y que tome senderos distintos a cineastas franceses coetáneos, e igualmente imprescindibles, como el visionario Olivier Assayas, el subversivo Bruno Dumont o el poético Philipe Garrel.

De todos modos, no es menos cierto que la literatura y el teatro están vivamente presentes en ambas películas. Los diálogos, en La Vie des morts, y todos los recursos que Desplechin despliega en Un Conte de Noël —la voz en off, la epístola, el cuento familiar, etc.— muestran una fascinación por lo literario que va mucho más allá de lo estrictamente cinematográfico. De hecho, el cineasta ha explicado en alguna ocasión que el libro autobiográfico del poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson, Experience, fue fundamental para escribir Un Conte de Noël. Se trata de un texto en el que el escritor narra la muerte de su hijo y como a partir de ella supo encontrar un camino hacia el autoconocimiento. Sin duda, un trayecto que Desplechin ha sabido trasladar a la pantalla en su último largometraje a través de Elizabeth (Anne Cosigny) —la hermana mayor—  quien demoniza la figura de Henri (Matthieu Amalric) por haber nacido después del hijo muerto y, de algún modo, haberlo sustituido. Y es curioso que el personaje de Henri cargue toda la película con el recuerdo del hermano desparecido porque es como si, de algún modo, cargara con el peso de aquél primer hermano muerto, Patrick, el de La Vie des morts. Dos muertos de los cuales, curiosamente, en ninguna de las dos películas podemos ver o conocer sus rostros. Dos muertos sin cuerpo, sin presencia y sin imagen alguna. Simplemente ausencias que deambulan habitando a los demás personajes. Auténticos fantasmas.