Un cuento de Navidad

El dolor no tiene nada que enseñarnos

De un libro de Ralph Waldo Emerson es la aserción «el dolor no tiene nada que enseñarme», que inspiró a Arnaud Desplechin a realizar esta soberbia película. La sinceridad ilustra las vidas de sus personajes, donde hablan sin morderse la lengua sobre los problemas más importantes de la vida: el amor y el odio, el sexo, la muerte, la fidelidad y la felicidad.

Este filme retrata una familia de clase social media alta desintegrada por la muerte del hijo años atrás, en Roubaix (Nord-Pas-de Calais), al norte de Francia —la misma región que la del último éxito de público francés Bienvenidos al Norte (Dany Boon, 2008)—, pero bien podría ser una obra de teatro, por su ambientación y el importante papel que ocupan los diálogos. Con un montaje personal a la hora de narrar un cuento de Navidad, esta fábula transcurre hasta el encuentro familiar con motivo de la enfermedad de la madre (la Myelodisplasia, la misma enfermedad que mató a su hijo). Este suceso (la muerte del ser querido) lo han mantenido en silencio y quizás sea por ello por lo que no lo han superado algunos miembros porque, pese a hablar con claridad sobre todos los temas, éste es un tabú para ellos. Pero no estamos ante un drama existencial de Ingmar Bergman —aunque hay similitudes con Fanny y Alexander (Ingmar Bergman, 1982)—, a pesar de que el propio director reclame su influencia. Se mantiene un poso de esperanza en la figura optimista del padre al ser el que proclama esta máxima en el funeral de su hijo declarando su intención de sobreponerse al duelo. Es una fábula en la que el personaje principal es precisamente el que falta (el hijo / hermano muerto), tema predilecto por este joven realizador francés (el del hijo, el del bastardo, el del repudiado) que ha sido retratado en innumerables ocasiones: Con él llego el escándalo (Home from the Hill, Vicent Minelli 1960), Gente corriente (Ordinary People, Robert Redford, 1980), Gigante (Giant, George Stevens, 1956). El padre es el que realmente vive en esta familia de desdichados: ama y acepta a la vida con sus injusticias y a cada hijo como es. Es el punto de unión de una familia desunida y desquiciada por el terrible episodio no vencido. Y es que el dolor que soportan su mujer y su hija por la muerte del hijo y hermano no significa que le quisieran más, sino que simplemente no lo han superado, y este sufrimiento imposibilita que renazca la felicidad a través del amor a los seres que aún están vivos.

Paralelas a esta historia troncal están las de cada uno de los hijos que nos las ha ido presentando el director como si de capítulos de un libro se tratasen: La primera, Elizabeth  (L´Aimée, la primogénita, título también de su anterior filme), está atormentada por el odio, es infeliz en su matrimonio y su hijo ha enloquecido por falta de amor. El segundo, el del medio (Henri), el no-querido, un genial Mathieu Amalric —ahora conocido por La cuestión humana (La question humaine, Nicolas Klotz 2007)—. En Henri recae toda la culpa de la muerte de su hermano, ya que le engendraron con el único propósito de salvar a su otro hermano (pero no eran compatibles, murió y no le pudo trasplantar su médula). Este hecho quizás pueda ser ahora redimido tras injertar a su madre la médula y así servir para algo: el propósito por el que había nacido. Parece que él siente esa necesidad de ser útil y siempre la ha sentido, por eso lleva una existencia caótica y sin sentido. Pero su cinismo, valentía y rebeldía hace que no se culpabilice a sí mismo por no ser querido e incluso ironice (ironía que esconde rabia y reproche) ante su madre por no quererle (al fin y al cabo él tampoco ha superado la muerte accidental de su mujer). El tercero, el pequeño Iván, estuvo a punto de enloquecer (por la falta de amor, que es peor que la pérdida) pero se salvó por el amor de su mujer Sylvia (Chiara Mastroiani, la hija de Catherine Deneuve y de Marcelo Mastroiani).

Pese al metraje de dos horas y media (necesarias para desentrañar la complejidad de una familia y todos sus problemas), no sobra ni un minuto: sobresale la música clásica de Vivaldi, Mendelsohn y Scarlatti, unos diálogos ácidos, la exquisita ambientación burguesa y la siempre frialdad que caracteriza a Catherine Deneuve: todo ello para conformar un cine, el de Desplechin que, rodeado siempre del mismo equipo, cuida hasta el más mínimo detalle. El desarrollo no es lineal, sino fragmentado por varios capítulos en los cuales presenta a los personajes que se dirigen directamente a la cámara para explicarnos sus sentimientos. Todo apunta al final, a la gran reunión familiar en torno a la Navidad y a intentar solucionar la enfermedad de la madre que en este caso es el punto de unión.

Estamos pues, ante un cuento psicológico sobre el mal que se hace una persona a sí misma y a los que le rodean por el hecho de no superar la muerte de alguien y culpabilizar a otro de la pérdida: la vida puede ser dura y cruel pero a priori nadie tiene la culpa. Sin embargo, no debemos culpabilizar a nadie de nada ni siquiera de no querernos, pues la felicidad recala única y exclusivamente en nosotros. Además ya es verdadero drama para el que es incapaz de querer, para una madre que no quiere a su hijo o una hermana que no quiere a su hermano (algún trastorno sin resolver le impide quererse y querer a los de su propia sangre). De todas formas y a pesar del drama que ocasiona en una familia la muerte de un miembro, en realidad esta película es un canto a la vida, ya que como bien dice Emerson en boca del padre «el dolor no tiene nada que enseñarme». Y, puesto que el dolor no tiene nada que enseñarnos, debemos tan sólo obligarnos a vencerlo.